Capítulo 1: El Orfanato de los Perdidos
Volvió a la ciudad, solo para encontrarla igual de rota. Las mismas calles, la misma miseria. Pero en una esquina olvidada por todos, encontró algo distinto: un grupo de chicos entre los 12 y los 22 años. Sin familia, sin rumbo. Sobreviviendo entre robos, hambre y noches heladas.
Vargas los observó durante días. En sus ojos no vio delincuentes, vio lo que nadie más quiso ver: supervivientes.
No los adoptó legalmente, pero en la calle un nombre vale más que cualquier papel. Les dio comida, techo y reglas. Y mientras les enseñaba a delinquir, también les enseñaba a no perderse. No todo era violencia, había filosofía. No todo era caos, había jerarquía.
A cada uno lo marcó con su apellido: Vargas.
Luca Vargas, el mayor, con veinte años y un alma noble, fue el primero en ganarse su confianza total. Y Wilson Vargas, el más pequeño, valiente como pocos, creció siendo su protegido. Una máquina de matar en construcción, pero con el corazón de un león. El cariño que Vargas le dio no era debilidad: era respeto.
Capítulo 2: El Nacimiento de los Simios
Con el tiempo, más jóvenes se unieron a la familia. Latinos, afrodescendientes, árabes, europeos de sangre fría, asiáticos callejeros. Cada uno con una historia rota, pero ahora con un propósito.
Vargas no solo los entrenó para la calle, también los educó. Les enseñó filosofía callejera, códigos, disciplina. Nada de violencia sin sentido. Cada golpe tenía una causa. Cada bala, una dirección.
Así nació The Simios Gang: una manada que no se arrodillaba ante nadie. Ni ante policías, ni carteles, ni políticos.
Luchaban por los suyos. Traficaban lo necesario para sostenerse, pero nunca veneno para niños. No buscaban víctimas, se formaban como soldados.
Capítulo 3: El Ruido del Futuro
Los Simios crecieron rápido. De grafitis a redes. De esquinas a códigos. Ya no eran solo una pandilla: eran una leyenda urbana.
Para algunos, criminales. Para otros, héroes. Pero para los suyos, Vargas era un dios sin templo... pero con calle.
Mientras los oficiales lo buscaban. Mientras los medios lo pintaban como la amenaza pública número uno... Vargas solo pensaba en una cosa:
"A mí la vida me quitó el corazón, pero estos niños... me devolvieron el alma."
– Simios Juntos, Simios Fuertes.
Capítulo 4: Hermanos de Sangre y Dinero
Los Simios ya eran una fuerza. Dominaban barrios, esquinas, mentes. La calle los respetaba, la policía los temía. Y como en todo imperio, los ojos grandes empezaron a voltear hacia ellos.
Jason y Jacob eran hermanos, narcotraficantes con millones y territorios. Ropa fina, carros negros, joyas pesadas. Pero más allá del lujo, tenían cerebro. Sabían leer el futuro, y el futuro decía una cosa clara: Los Simios no eran una pandilla más. Eran el siguiente imperio.
Se acercaron a Vargas sin prepotencia, sin amenazas. Le ofrecieron respeto y recursos. A cambio, querían una parte del rugido. Sabían que la fuerza no solo estaba en el dinero, sino en la lealtad de una familia que sangraba junta.
Vargas aceptó, pero bajo sus reglas. Nada de veneno para niños, nada de traiciones. Si querían ser parte, tenían que ser Simios de verdad. Y los hermanos aceptaron.
Jason se convirtió en la cara diplomática, cerrando tratos con otros capos, comprando favores. Jacob, en cambio, era el estratega militar: rutas, armas, contactos en países donde nadie respiraba sin su permiso.
Con ellos, Los Simios dejaron de ser solo calle. Se expandieron a nivel internacional. De Nueva York a Bogotá, de Marsella a Estambul. Donde llegaban, no llegaba el caos, llegaba el orden del barrio.
Pero no todo lo que crece rápido, crece limpio. Y Vargas lo sabía. La alianza era poderosa, sí. Pero también peligrosa. Porque el dinero cambia hombres, y el poder cambia almas.
Aun así, se mantuvo firme, con una frase en la mente:
"Si vamos a construir un imperio, que sea uno con códigos. Porque si no, no somos Simios... somos bestias."
Capítulo 5: La Mente de la Manada
Los Simios ya no peleaban con puños. Peleaban con ideas.
Con Jason y Jacob manejando dinero y conexiones, y Vargas formando soldados con mente de filósofo, la pandilla se convirtió en una estructura casi militar. Organizados, disciplinados, invisibles. Cada zona tenía un líder. Cada líder, un segundo. Cada segundo, su propio escuadrón.
No dejaban huellas, pero dejaban mensaje.
Aprendieron a usar redes sociales para influir. Movían información como droga, y con la misma precisión. Sabían qué político comprar, qué periodista silenciar, qué policía doblar. Los Simios no solo vivían la calle, la estudiaban.
Mientras otros jugaban a ser pandilleros, ellos formaban guerreros con causa. Por eso, Vargas reunió a los más leales y redactó lo que llamó:
El Código Simio
Lealtad antes que sangre.
Si tu hermano falla, lo corriges. Si te traiciona, lo entierras. Si necesita ayuda das su vida por el.
Nada de daño a niños.
Respeta al civil.
El que no está en la guerra, no es enemigo.
Cada golpe tiene sentido.
La violencia no es arte, es herramienta. Se usa solo para acertar.
El apellido Vargas no se lleva en la espalda, se lleva en el alma.
Los Simios no ruegan, no suplican.
Negocian desde la fuerza, no desde el miedo.
Nunca te creas intocable.
La calle da, pero también cobra.
Simios Juntos, Simios Fuertes.